jueves, 14 de marzo de 2013

EL MIEDO A DECIDIR

En el altar de nuestras creencias, quizá no existan muchas que no provengan de alguna necesidad o carencia; dado que dios y el diablo, no son más que la deificación de lo bueno y de lo malo que vive dentro de nosotros, y que erige altares en cualquier lugar del mundo dentro y fuera de la religión.
Partiendo de esta base, quedará claro que en lo personal no tengo fuera de mí a muchas personas o instituciones a quienes, a esta altura de la vida, les deba rendir demasiadas cuentas, les pida demasiadas explicaciones, les deposite íntegra mi confianza o espere de ellas redención o salvación.  De este modo  la responsabilidad que esto implica al momento de tomar decisiones, me ha llevado a mirarme en el espejo de mi consciencia, a vérmelas con mi luz y mi sombra, y a dirimir entre lo que está bien y mal según un código de honestidad que establecí según mis propios parámetros. Si logro mantener la coherencia interna me hago acreedora al cielo o al menos a dormir tranquila una vez que apoyé la cabeza en la almohada; si fallo y traiciono algo de lo que pienso, siento, digo o actúo, sé que sobrevendrá el infierno que tiene exactamente mis propias dimensiones y prejuicios, y que por esta misma razón no podrá contenerme cuando no alcance a ver claramente cual es el beneficio de alguna situación crítica que se me imponga sin que pueda aceptarla así como así. La vida es un constante desafío a abrir la cabeza a lo desconocido, a lo inseguro, a los cambios que tanto tememos y a los que tanto nos resistimos. No obstante, la intermediación que aún se intenta explicar como necesaria entre Dios y el hombre, es tan sólo de gran importancia para quienes precisan depositar en algo externo y más seguro que nuestro vulnerable interior el cariño que se les tiene normalmente a las madres, cuya incondicionalidad y su amor sin peros, interceden ante el Supremo cuando estamos desesperados o con un gran temor; o esa devoción dedicada a los padres, que con su mano fuerte y su dirección certera, nos permiten sentir que aún en la niebla, vamos por el camino correcto.  Es totalmente entendible que cuando nos acercamos al borde de algún abismo, busquemos  algo realmente fuerte que nos nos pueda sostener; y en esa deificación del afuera en el que nos enseñaron a confiar en desmedro de nuestro interior, intentemos encontrar un buen gancho o una buena percha para colgar lo más sublime de nuestros dones.  Allí estará la Virgen, el Papa, papá,  la iglesia, mamá, la ciencia, la justicia, el banco, la duda, el consumo, el dinero, la educación...; o cualquier figura/persona/institución, que nos garantice que nosotros podremos volver a recobrar el equilibrio. Todos ellos son a su manera, los dioses que han quedado externados de nuestra alma, otorgando a fuerza de educación nuestro poder al afuera; y desacreditando de modo sistemático, nuestro propio valor e independencia de criterio.
Sea cual fuere el lugar de donde intentemos prendernos como un bebé a la teta en búsqueda de refugio, éste no será más que un intento de tallar en  piedra, una seguridad y una responsabilidad que no queremos tomar; pues de llegar a hacerlo, no habría más beneficencia que la nuestra, no habría más soluciones que las tomadas por motus proprio, y no habría más responsables que nosotros mismos.
Es más cómodo pertenecer al rebaño que guía algún pastor, que ser el conductor que toma sus propias decisiones  Al fin y al cabo, por más que lo proclamemos a los 4 vientos, a lo que le tememos realmente es a la libertad y la responsabilidad que la misma conlleva: preferimos creer que estamos atados, cuando en realidad nuestra fuerza podría romper cualquier tipo de cadena. 

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