En las historias que nos contamos a diario, existen agujeros que solemos rellenar con pre-juicios, cosa de que se adecuen a lo que llamamos realidad. Una realidad que no tiene "fallas", ni fisuras, y que sirve para reafirmar que estamos siempre del lado de lo "cierto", lo correcto, y sobre todo del lado de lo "completo". Jamás podemos declararnos ignorantes en ningún aspecto que consideremos importante o esencial; y es por ello que todo lo que desentone o cuestione a nuestro ego, será desterrado del edificio de juicios y prejuicios que hemos levantado como monumento a nuestro saber. De este modo, evitamos en forma inconsciente, observarnos en nuestra incompletud, e incluso, en nuestra incompetencia, a la hora de enfrentarnos con quien nos señala alguna "falta". Prueba de esto es que eliminamos de nuestra lectura, de nuestra escucha, de nuestras amistades, o de cualquier parte de nuestro mundo; a aquel que no piensa igual, que vota a otro partido político, que cree en otros dioses, que difiere en las interpretaciones de lo que considera real, o que de una u otra forma, puede amenazar nuestra imagen devolviéndonos un reflejo no deseado de ésta. Junto a nosotros quedarán solo los que tengan un "parecido" y no quienes pongan de manifiesto las diferencias. Sin darnos cuenta, dividimos de este modo al mundo entre "buenos" y "malos", verdaderos y falsos, profetas y embusteros, y todo lo que pueda ser soporte de los dos extremos en que vamos apilando la vida, sin ver jamás que quien está en falta, es uno mismo. El error queda siempre depositado en la vereda de enfrente, y es por ello que solemos apostarnos con una aureola del lado que califica de correcto; dejando al otro del lado de lo malo, lo feo, lo injusto, y lo incompleto. Como podría admitir nuestro narcisismo que la falta es suya?. Dentro nuestro, no hay "hueco" de información posible, ni hay posibilidad de estar interpretando mal los datos de la realidad. Quien siempre se equivoca es no-yo.; y somos una especie de paranoico cuya posesión de la verdad toda, nos lleva a ser cuestionados, fustigados, y observados por gente malintencionada que no tiene otra cosa que hacer que llevar el lado oscuro de nuestros propios agujeros. El ego es la prótesis que niega nuestras faltas; le dedicamos un estilo, un vestuario, una personalidad, una forma distinguible en trato, palabras, en símbolos. Todo eso, incluso algunos atributos intelectuales y sobre todo espirituales, forman parte de él; y le colgamos mil adornos para fortalecerlo y no dejarlo expuesto al ridículo que implicaría verlo tropezar en la vereda, para que otro se ría. No obstante, su caída puede dejarnos sentir que no siempre nuestros disfraces son efectivos, aunque los demás no se rían.
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lunes, 11 de marzo de 2013
jueves, 7 de marzo de 2013
DE DONDE NACE LA AGRESIVIDAD
Paranoia proviene del griego para, fuera, y nous; que significa mente/conocimiento. Por esta razón, cuando decimos que alguien es "paranoico", estamos catalogándolo de ser un "perseguido", de poner fuera de su ser, el conocimiento que sólo podría tener dentro de sí mismo; generando para sí y para los demás, una relación de tipo persecutoria, en donde un sujeto que no es yo, sabe, conoce, o adivina aquello que yo pienso, o siento, o tengo intenciones de hacer. Si bien solemos creer que este es un rasgo que poseen solo las personas alienadas, desconocemos que el centro de nuestra identidad, -o al menos eso que creemos centro y a lo que denominamos YO-, es en esencia paranoico, -incluso cuando evitemos nombrar la palabra YO-, recurso muy común para intentar no parecer egocéntrico, o que nos devuelvan la imagen de tal.
Nuestra identidad entonces se forma a través de espejos: los parentales en primer lugar, y todas las figuras que vendrán detrás de las primeras; adjudicándonos primero un nombre, y luego las descripciones personales que conformarán aquello con lo que luego nos identificaremos, -parecidos a papá, a mamá, a la tía, al abuelo, etc.; rasgos, adjetivos calificativos y des-calificativos, etc, etc., etc.-. A todos nos es común ir a mirar al espejo cuando queremos VERNOS; es decir que precisamos de algo o alguien externo, que nos devuelva una imagen afín a nuestro sentimiento interno de ser quienes somos; siendo este hecho algo notablemente paranoico.
Lo más interesante de esto, es que no todo el mundo llega a vovlerse un alienado mental; pero el solo hecho de poseer un YO/sentimiento de IDENTIDAD, -tal como la mayoría de los llamados normales poseemos-, implica que nuestras definiciones acerca de quienes somos, parten desde el afuera.
Por otra parte, cuando entre estas definiciones externas y las que hemos fabricado en forma interna, se genera alguna diferencia, aparece la AGRESIÓN como única respuesta. Cuando el espejo/otro, no nos devuelve la imagen que deseamos; procedemos a atacarlo, y es así como se desenvuelven la mayoría de los problemas en las relaciones yo-tú. Si alguien acierta a endilgarnos una conducta, un rasgo, un carácter o cualquier adjetivo que remita a los des-calificados que hemos acumulado; la reacción será normalmente la de atacar al espejo/otro. Gráficamente, sería como estar con nuestro mejor traje, y al pararnos frente al espejo, ver al monstruo más horrendo que podamos ver. Lo habitual es tirar una piedra al vidrio horrorizados por nuestra imagen, aunque mucho más lógico es ir a buscar que parte de nosotros se sintió tan identificada y por ello tan dañada, como para discernir si el problema es en verdad el otro que está ahí fuera, o el que vive dentro de nosotros.
Nuestra identidad entonces se forma a través de espejos: los parentales en primer lugar, y todas las figuras que vendrán detrás de las primeras; adjudicándonos primero un nombre, y luego las descripciones personales que conformarán aquello con lo que luego nos identificaremos, -parecidos a papá, a mamá, a la tía, al abuelo, etc.; rasgos, adjetivos calificativos y des-calificativos, etc, etc., etc.-. A todos nos es común ir a mirar al espejo cuando queremos VERNOS; es decir que precisamos de algo o alguien externo, que nos devuelva una imagen afín a nuestro sentimiento interno de ser quienes somos; siendo este hecho algo notablemente paranoico.
Lo más interesante de esto, es que no todo el mundo llega a vovlerse un alienado mental; pero el solo hecho de poseer un YO/sentimiento de IDENTIDAD, -tal como la mayoría de los llamados normales poseemos-, implica que nuestras definiciones acerca de quienes somos, parten desde el afuera.
Por otra parte, cuando entre estas definiciones externas y las que hemos fabricado en forma interna, se genera alguna diferencia, aparece la AGRESIÓN como única respuesta. Cuando el espejo/otro, no nos devuelve la imagen que deseamos; procedemos a atacarlo, y es así como se desenvuelven la mayoría de los problemas en las relaciones yo-tú. Si alguien acierta a endilgarnos una conducta, un rasgo, un carácter o cualquier adjetivo que remita a los des-calificados que hemos acumulado; la reacción será normalmente la de atacar al espejo/otro. Gráficamente, sería como estar con nuestro mejor traje, y al pararnos frente al espejo, ver al monstruo más horrendo que podamos ver. Lo habitual es tirar una piedra al vidrio horrorizados por nuestra imagen, aunque mucho más lógico es ir a buscar que parte de nosotros se sintió tan identificada y por ello tan dañada, como para discernir si el problema es en verdad el otro que está ahí fuera, o el que vive dentro de nosotros.
miércoles, 6 de febrero de 2013
PERSONALIDADES NARCISISTAS.
Las personas narcisistas jamás se interesan por lo que las demás hacen, pueden demostrar alegría solo cuando los otros se fijan en ellos; y como si fuesen bebés, no ven en a su alrededor nada que no sea su propio reflejo. Viven preocupados por su imagen, -que resulta ser un trabajo realmente agotador-, intentando obtener de los demás todo tipo de adulación y aplauso, y estallando en llanto, pataleo o protesta, cuando no se le permite seguir en la infantil condición de facilitarle absolutamente todo. Son personas que buscan la mirada del mundo y su "obediencia" para sentirse realmente importantes, y es por ello que en lugar de ser fuertes, son dependientes de todo lo que otro pueda hacer, decir o incluso pensar de ellos. Parecen soberbios y autosuficientes, y debajo de una máscara de "autoconfianza", llora un niño con rudimentos poco maduros para cohesionar y desplegar una identidad balanceada. Su típica huida de situaciones que no puede elaborar, puede tender tras de él un halo de "seguridad" de la que carece, sufriendo internamente muchos desaires por no haber conseguido el fin que se había propuesto.
El respeto, como parte de la aceptación y reconocimiento del borde que delimita su mundo-identidad-espacio del mundo del otro, es sumamente voluble, y es por ello que le cuesta aceptar las diferencias y los límites normales en el intercambio vincular en las relaciones yo-tú. Por lo general, los traspasa una y otra vez, reclamando siempre que nadie atraviese el propio; siendo que el propio suele tener un tamaño exacerbado por pertenecer más al producto de su fantasía, que al registro de eso que llamamos realidad. Igual que un neonato, no distinguen "adentro" de "afuera", y es por tal motivo que no son capaces de registrar que ellos mismos no son la totalidad, ni dioses, ni el infinito mundo; y que su espacio no abarca la infinitud ni el espacio del otro.
El normal desarrollo de la personalidad adulta, necesita reconocer una falta fundamental; aquello que nos hace incompletos, en contraposición a la omnipotencia del bebé que cree que él y el mundo son exactamente lo mismo. La superación del pensamiento mágico y la omnipotencia son los pasos normales que comienzan a darse a partir de que reconocemos que no todos serán incondicionales con nosotros en la vida; y si no se puede salir de ese útero nutricio que todo lo brinda y de todo nos protege, veremos enemigos sembrados por todos lados, tan sólo porque esperamos que el otro, sea un espejo de nosotros y no otro individuo con sus propios deseos y por qué no, con sus propios límites.
Lic. Gabriela Borraccetti
Psicóloga Clínica
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